LA LECTURA Y LA ESCRITURA (II)

¿Por qué escribimos? Pregunta para la cual existe un amplio abanico de respuestas. “Yo soy yo y mis circunstancias –como dijera Ortega y Gasset- y esto mismo nos puede hacer iguales  o muy diferentes, dependiendo que esas circunstancias se toquen o estén en polos opuestos.

Italo Calvino cuenta que el diario parisino “Libération” realizó durante algunos días la pregunta: ¿por qué escribe usted? a diversos escritores y las respuestas fueron de lo más variadas.

Preguntado el escritor suizo Dürrenmat sobre la misma cuestión,  éste respondió: “Es curioso cómo dicha pregunta se hace de un modo reiterativo al escritor, mientras que no se formula la correspondiente a un pintor o un músico”. 

 Hay quien mantiene que las motivaciones de los escritores africanos son diferentes a las de los europeos o a la de los latinoamericanos,  pero pienso que a todos nos une la misma acción: contar. Todo ser humano tiene algo que contar, lo importante es cómo lo hace. Cada persona es un mundo y, en consecuencia, tiene muy distintas necesidades. Sin embargo, creo que a los que nos dedicamos al arte de la pluma, y más concretamente a la poesía, nos une el interés por desentrañar las distintas y complejas cuestiones metafísicas,  por dejar plasmados nuestros pensamientos y avivar –recordando- las heridas que aún no han cicatrizado del todo, o hechos y acontecimientos históricos que nos toca vivir.

¿Escribimos por necesidad?, ¿lo hacemos por terapia? –no tiene por qué ser algo peyorativo-, ¿por demostrarnos algo a nosotros mismos?, ¿por ser inmortales? –lo que no deja de ser un acto de soberbia-.

¿Qué nos lleva a escribir?, ¿a enfrentarnos con la virginidad de una cuartilla?  Mario Vargas Llosa, en su obra “Cartas a un joven novelista” escribe: “¿Qué origen tiene esa disposición precoz a inventar seres e historias que es el punto de partida de la vocación de escritor? Creo que la respuesta es la rebeldía”.

Y probablemente tenga razón, porque dicha rebeldía aplicada a la escritura, nos transporta a mundos insospechados, a realidades ficticias, a vivir vidas ajenas o “Las otras vidas” –como una de las obras de la escritora Clara Obligado-  e incluso a revivir nuestra propia vida pero fantaseada, limando asperezas para así tener esa vida tan soñada que no realmente vivida. Esas historias van confabulando “la factoría del escritor”.

O ¿escribimos porque deseamos demostrar al mundo lo originales que somos? Ésta es una osadía producto de la ignorancia y escasez de lectura –como también afirma en una entrevista Clara Obligado-. Al respecto dice la escritora y poeta Natalie Goldberg en su obra “El gozo de escribir”: “Es una gran presunción la de creernos totalmente originales”.

 

También podemos ser escritores por prescripción, por proscripción o  “proscritos”, bien por nosotros mismos o por ajenos; otra cuestión de análisis será qué es mejor o peor, si ser escritor-a proscrito-a por las circunstancias imperantes en el momento o por nuestros propios fantasmas y prejuicios. Pero de lo que estoy segura es que tanto la prescripción, como la proscripción o el ser proscrito-a, es un aliciente más para rellenar una cuartilla. La prohibición siempre provoca el efecto contrario: luego el ser proscrito provocará ser más leído y como escritor, principalmente, que escribamos con más ahínco.

Escribir es una necesidad, a veces hiriente, pero necesaria. Me atrevo a afirmar que, quienes nos dedicamos a la poesía, escribimos para rendir culto a la Palabra, -el mayor signo de Libertad- (aunque últimamente haya quienes insistan hasta la saciedad en coartar la libertad de expresión, en equivocar libertad con libertinaje y no quieran entender que “mi libertad acaba donde empieza la de mi prójimo”); intentamos demostrar al mundo que aún hay personas preocupadas de cuidar y mimar a la Poesía, a la Palabra, sin la cual estaríamos de antemano muertos. Entrelazamos ideas, pensamientos, vivencias, recuerdos; podemos disfrazarlo todo o casi todo, pero siempre queda lo más importante y se despoja de lo baladí. Al final el combinado es: vivencias (directas o indirectas) más imaginación más inspiración, lo que da lugar a la creación.

Las vivencias son necesarias e imposibles de separar de la obra del autor, porque como dijo Soledad Puértolas en su obra ensayística “La vida oculta” el punto de referencia siempre es la realidad.

Muchos escribimos porque es una necesidad de plasmar cuanto sentimos, cuanto ocurre a nuestro alrededor y la mejor terapia –aunque a muchos les pese y se pongan como locos sin reconocerlo- para dejar salir la lava incandescente que llevamos dentro, es decir, nuestros pensamientos.

Pero realmente a la pregunta de ¿por qué escribimos? el que no encuentra la respuesta exacta es el propio autor-a, y se ve en una encrucijada sin saber muy bien qué contestar. Sea como fuere, sigamos escribiendo inspirándonos en ese mundo que muchas veces debemos reconstruir –después de estar hecho añicos- porque quizá la escritura, la literatura, sean el mejor medio para hacerlo, ya que de lo contrario no podríamos seguir subsistiendo en este mundo que cada vez tiene menos de humano, de real y mucho de surrealista.