LA INQUIETUD DE LA MARIPOSA

Quedamos en Madrid. Estaba agobiada porque iba a pasar unos días y tenía demasiados compromisos: ¡una gran vida social! como diría mi amigo Josema –siempre en un tono jocoso– si me viera en estas circunstancias.

Me desenvolvía bien en una ciudad tan grande y estresante: coches, claxons, ruido, gente por doquier y siempre deprisa. Quedé con Julián –escritor al que había entrevistado años atrás– en un café al que son asiduos escritores, estudiantes con sus apuntes y tesis. El típico café con ese “sabor de lo clásico”: mesas redondas de madera con las sillas alrededor y unos sofás de estilo un poco antiguos. Olía a Literatura y  ofrecía intimidad.

Julián era un hombre culto, serio. Ávido lector y escritor prolífico. Sorprendía su sencillez. Discernimos sobre diversas cuestiones, tanto políticas, sociales como literarias y prácticamente coincidíamos en la manera de pensar.

El camarero, muy atento, nos preguntó qué íbamos a tomar. Yo pedí un cortado y Julián una manzanilla

Me enteré de lo que había padecido durante los últimos meses y descubrí, con sorpresa, que estaba vivo de milagro –también en cuestiones de salud teníamos algo en común–. Fue a pasar unos días de evasión: intentaba evadir su pensamiento de la nostalgia y el dolor que deja la viudedad.

Cuando me relató lo mal que estuvo y en qué condiciones ingresó en urgencias, donde no apostaban nada porque saliera con vida, pensé que “tenía un ángel de la guarda” que lo protegía. Médicos incluidos dijeron que era un milagro que se hubiera salvado.

El pensamiento de su mujer no lo abandonaba ni un momento y no había que ser un gran psicólogo, tan sólo un buen observador, para darse cuenta de que era un hombre haciendo todos los esfuerzos del mundo posibles para mitigar el dolor de la ausencia, contribuyendo a ello el hecho de escribir.

Cuando estábamos en lo más álgido de nuestra conversación, tomé un sorbo del cortado y él iba a hacer el mismo gesto con la manzanilla, cuando una mariposa blanca se posó dentro de la taza, impidiendo que consumiera ésta y viéndose obligado a dejarla. La mariposa voló nuevamente fuera de la taza, revoloteó por nuestras cabezas para volver a posarse en el interior de su taza; nunca olvidaré el gesto de Julián: con sus gafas y ese atractivo que le caracteriza me miró a los ojos y señalando con una sonrisa  al insecto, me dijo:

–¿Te das cuenta? ¡Esto sí que es curioso! Esta mariposa insiste en ser testigo de nuestra conversación.

–Eso parece  –contesté yo.

–Pues que no tomo la manzanilla.

–¿Quieres que te pida otra?

–¿Tú tienes prisa?

–Hasta las tres y media de la tarde estoy libre, ¡como los taxis! –le contesté.

–Pues pediré otra.

Cuando el camarero se acercó y le pedí otra manzanilla, torció ligeramente la cabeza y mirando a Julián le preguntó:

–¿Algún problema señor?

–Un detalle sin importancia –contestó Julián.

Era lógico el asombro del camarero. Referente a la respuesta de Julián, supongo que yo hubiera hecho lo mismo, para no entrar en detalles.

Seguimos hablando de nuestros proyectos y de allí a un rato vino de nuevo el camarero y le sirvió la segunda manzanilla.

Julián tampoco pudo terminarla, porque otra vez la mariposa blanca hizo acto de presencia; se posó en su antebrazo y luego hizo la misma operación: revoloteó por encima de nuestras cabezas y volvió a posarse en el interior de la taza. No hubo manera que desalojara de allí.

–¡Esto es increíble! –dijo Julián con un gesto sonriente pero no exento de gran sorpresa.

–Oye, se ha empeñado en no dejarme acabar una manzanilla contigo.

Dicho de aquél modo sólo podía esperar que no supusiera ningún mal augurio y únicamente contesté:

–Pues sí que se lo ha tomado en serio.

No expuse lo que estaba realmente pensando por prudencia, por no aumentar el dolor de Julián y por otro lado, porque quien me hubiera escuchado podría pensar que estaba loca. Sin embargo, en lo más hondo de mi interior y con gran sorpresa, pensé si no sería el alma de su mujer que tan unida estaba a él, que deseaba escuchar y compartir, que tenía la necesidad de conocer con quién había quedado su marido y recordarle y recordarme y recordarnos, que a veces las almas se reencarnan en animales y que no estamos solos. ¿Sería éste el caso

Esto no era un relato fantástico ni de ciencia–ficción; tampoco yo estaba dormida ni soñando. Estaba muy despierta y despejada. Simplemente estaba sucediendo. Aquél hecho no me dejó indiferente…

Al cabo de unos días Julián me llamó y me dijo:

–¿Sabes? Desde el otro día todas las mañanas, haga frío o calor, tengo compañía.

–¿Sí?  ¿Y de quién se trata?  –pregunté pensando que iba a decirme que había conocido a alguien, aunque no me parecía lo más probable.

–Una mariposa. Revolotea unos minutos y luego se va.

Por unos momentos no supe qué contestarle. Realmente me quedé sorprendida. No recuerdo muy bien cómo seguimos la conversación, pero desde aquél día quedamos varias veces, espaciadas en el tiempo y siempre hemos sido tres: él,  yo y una mariposa...