LOS CARADURAS

Felino pasó muchas necesidades y cuando su situación cambió –cobró una alta indemnización por una demanda– se sintió un Marqués, pero sin título. Lo suyo era lo mejor, los más interesante y lo sabía todo cuando no conocía lo más básico de su oficio. Su novia, Montse, era un ser que nunca tenía nada claro, más bien de encefalograma plano, muy poco coherente y escaso nivel cultural. Tanto es así, que un día va y suelta: “¿Por qué me tengo que creer que existieron los romanos?” A los allí presentes nos parecía una broma, pero no fue tal. Casi rozaba el analfabetismo. Y se creería que existió la Guerra Civil Española, porque su abuelo se la describió en más de una ocasión   –comentó alguno.

Vamos que la unión era una bomba de relojería, pero como reza el refrán: “Siempre hay un roto para un descosido”.

A pesar de haber manejado dinero en una época, gastó en exceso y ya se sabe el resultado final. Felino no había viajado y lo poco que viajó fue echándole cara. Era de esos que disponía de las casas ajenas y se acoplaba de la noche a la mañana, junto con Montse, al no tener ni dinero ni planes. El nombre no le hacía justicia –los felinos son astutos e inteligentes– y encima era un canofóbico –ahí tenían algo en común.

Cuando llegó un verano le convenció a su novia para llamar a Margot, amiga de la familia de Montse y decirle que se presentaban en su casa de la noche a la mañana. Margot tenía un chalet en la costa y su compañía eran dos perros: uno de raza pequeña  y el otro de raza mediana, que por circunstancias, se había criado bastante tiempo con Montse.

Margot se enfadó, porque a ella le habían educado de otro modo y pensaba: “A mi casa viene quien yo quiero y cuando yo quiero. Lo mismo que yo voy a casas ajenas cuando me invitan”. Era de la vieja escuela: imperaba la educación y la ética.

Aunque al final cedió, dejó claro que no se volviera a repetir. Felino, después de haber pasado diez dias, sin pagar un real, dijo:

–A mí no me gustan los perros

–Pues aquí estás aguantando a dos porque no tienes un duro. Así que tú mismo  -le contestó Margot bastante cabreada.

Pasados los meses Felino y Montse tuvieron un niño –ella cedió a pesar de no querer y tener ya pasados los treinta y cinco–. Curiosamente a Margot la invitaron pero el perro de raza pequeña tendría que quedar fuera. El otro can había fallecido. Margot se encolerizó y no admitió tanta caradura por su parte. Asistió al bautizo, se fue a un hotel y antes de regresar les dijo: “No entiendo cómo podéis tener tanta cara. Y si los perros, Felino, no te gustan, a partir de ahora que no te gusten ni en tu casa ni en casas ajenas”.

Poco antes de marcharse, habían tenido una discusión porque ni Margot, ni la madre de Montse, ni personas con el más mínimo sentido común, podían entender cómo admitía tales faltas de respeto de Felino. A su propio hijo lo llamaba desgraciado y al llamarle la atención dijo:

–Pues qué esperas. De una desgraciada, un desgraciado.

Aquellas frases las estaba pronunciando delante de un número de personas y una de ellas era su propia suegra. ¡De haber sido mi hija, a este tipejo le pongo en su sitio!   –pensé

Felino era un ser arrogante, maleducado, machista, que equivocaba la confianza con poder decir cuanto le venía en gana y Margot jamás le consintió que transgrediera esa línea tan fina que hay entre la confianza y el abuso. Era incomprensible que Montse le consintiera todo aquello pero ¡claro!: le había anulado la poca personalidad que tenía y siempre le justificaba.