TRISTEZA DE AMOR

Suena una música de fondo. Al compás, mi mente se desliza tan lejos como me está permitido y esa combinación –música, recuerdos, pensamientos– me arrastra a escribir, haciendo así más llevadera esta vida sincopada y a contratiempo. Y es entonces cuando la reminiscencia es un acto sublime, sutil, que te engrandece o bien se convierte en una daga que te atraviesa, te rompe por dentro y te hiere aún más si cabe.

Escucho “Para Elisa”, aunque hubiera podido denominarse “Para Teresa” o “Para David”; una Elisa en algunos casos recordada, en otros nunca conocida y en la mayoría representa un ideal inalcanzable.

Pero al llegar a “Tristeza de amor” comienza el soliloquio, sin poder evitar que un torrente de preguntas irrumpa súbitamente en mi tranquilidad, aunque sin obtener respuestas, pues a nadie en su día escuché darlas.

¿Por qué tenía tanto empeño en que su hija aprendiera a interpretar, poco menos que a la perfección, “Tristeza de Amor”? ¡Era tanto su énfasis! Su voz parecía suplicante y sus ojos al pedirlo, quebraban el presente e irremediablemente mostraban la nostalgia de un pasado. Siempre había sido un hombre de carácter fuerte, dominante, pero ante aquella música daba la impresión de no ser nada. ¿Qué guardaba tras de sí para no confesar el sentimiento que lo invadía? ¡Era tan evidente!

A través de su mirada, parecía un sentimiento intacto como el primer día, como si nada ni nadie hubieran conseguido alterarlo ni transformarlo: ¡cuánto debía haberla amado! Es lo que pensé al contemplar aquella escena.

Después de darle vueltas y más vueltas, llegué a la conclusión de que aquella  “tristeza de amor” moriría escondida en lo más recóndito de sus sentimientos, bien para no hacerse más daño, bien para no herir a terceras personas y todo ello producto de un ideal inalcanzable, al menos de un modo permanente.

Una tristeza de amor que sería su más fiel acompañante hasta sus últimos días, porque ni las nuevas circunstancias –si fueron forzadas–, ni el ahogo en el alcohol, conseguirían acabar con ella ni paliar su dolor. Seguiría viviendo –nunca de nuevo–, compartiría experiencias –nunca las mismas–, conocería a otras mujeres, pero la amó tanto que siempre terminaba haciendo la misma reflexión: “¡Lástima. Lo que pudo haber sido y no fue!”

Entonces, y sólo entonces, entendió que aquel amor perdido porque intervinieron el azar o el destino, fue el amor de su vida, el que hubiera merecido la pena vivir, por el único que hubiera sido capaz de renunciar a todo y que jamás olvidaría.

Al recordar aquellas vivencias, aquella pasión por el amor perdido e inconfesado, hizo presencia una vez más la melancolía  y su pensamiento ya no era la brisa de la primavera que al encontrarse con su faz lo revitalizaba, sino que representaba una hoja otoñal, convirtiéndose más tarde en una gigantesca ola que chocaba con toda su bravura contra su memoria, que era la roca.

Ya lo dijo Oliver Wendell Holmes: “Ningún amor es más verdadero que aquél que muere no revelado”.